domingo, 27 de enero de 2008

Infinita tristeza



“Bartleby y compañía” de Enrique Vila-Matas resultó ser un foco infeccioso de curiosidad literaria nada inofensivo y contradictoriamente tranquilizador a ratos para mi alma oscura.

“Bartleby, el escribiente”, el personaje a que se refería el título, obra de Melville, sólo había publicado libros entre 1846 y 1856, y después nunca más: silencio hasta su muerte, en 1891. “Bartleby, el escribiente” era como un anticipo, de la literatura del absurdo, hierba que Kafka no sabía que cultivaría más de cincuenta años después, en la oscuridad y el anonimato.

Cuando caí en la cuenta de que había dejado atrás el punto final de Bartleby, en el zumbido hueco que me dejó su lectura, porque, a pesar de la ironía, del humor doloroso, de la potencia de una pasividad inquietante, con la obsesión y fuerza de los “yonkis” sigo buscando, creando... y la sensación es esa: “Infinita tristeza”.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Preferiría no hacerlo. Preferiría poder ir a Pamplona a ver los trabajos de los manomanistas. Suerte.

Albert Alcoz dijo...

Vaya, vaya la sombra de Raymond Carver y su desidia...

Antes de que nadie se ponga a escribir una reseña sobre la misma idea, comento que haré una entrada sobre la tactilvisión de Val del Omar, más que nada para intentar encontrar relaciones con las manos que miran...

kro dijo...

María cuál era tu postre preferido de pequeña?

La Archivera de Sevilla dijo...

Todos los dulces que se deshacen en la boca con chocolate y nata abundantes...
¿Por qué me lo preguntas KRO?
¿Eres psicólogo?
¿Me vas a regalar o a estampar en la cara una tarta?
Curiosity kill the Cañas
Bytes,M